03 julio 2009

 

La Cámara de Escritores Desocupados

www.hechoenoaxaca.org

18 junio 2009

 

Se acabó el anonimato


Bloggers have no right to privacy says British court

VNU Net Iain Thomson in San Francisco

The High Court in London has ruled that bloggers have no right to privacy under British law since blogging is essentially a public rather than a private activity.

The case was brought by The Times newspaper after it discovered the identity of a blogger in the police service who wrote the popular NightJack web page, which was awarded the Orwell Prize for political writing in April.

The author, Richard Horton, a detective constable with Lancashire Constabulary, had sought an injunction to stop the paper from releasing his name but his application was denied.

It would seem to be quite legitimate for the public to be told who it was who was choosing to make, in some instances quite serious criticisms of police activities and, if it be the case, that frequent infringements of police discipline regulations were taking place, said Mr Justice Eady, The Times reports.

I do not accept that it is part of the courts function to protect police officers who are, or think they may be, acting in breach of police discipline regulations from coming to the attention of their superiors.

The NightJack blog was very popular with the reading public, getting up to half a million hits a week. Horton has now deleted the blog and received a written warning from his superiors.

The case will have a chilling effect on other workplace blogs, since the lack of any expectation of privacy will cause some to abandon their blogs.

Thousands of regular bloggers . . . would be horrified to think that the law would do nothing to protect their anonymity if someone carried out the necessary detective work and sought to unmask them, said Hugh Tomlinson, QC, for Mr Horton.

The police force has supplied a number of authors of popular blogs, so much so that the forces have intro duced guidelines on blogging aimed at limiting what can be said by officers on the beat.

21 mayo 2009

 

Anoche, mientras arreglábamos nuestro escritorio –ya crecían por todas partes montañas intransitables de papeles, papelitos y libros–, encontramos esta nota de nuestro amigo Luis Ignacio Helguera. En estos días cumple seis años de muerto y queríamos recordarlo con un ejemplo de ese humor negro, ese autoescarnio concentrado del que sólo él era capaz.



POST SCRIPTUM

Mi única tragedia consistió en haber nacido en una época despiadada y frívola. Eso fue algo que comprendí poco antes de morir, una noche en que hablé por teléfono con todos mis amigos.

Durante más de cinco horas estuve recorriendo la agenda de la A a la Z, para levantarme el ánimo que zigzagueaba entonces por una pendiente demasiado inclinada. Casi me sentí reconfortado: no conocía mejor bálsamo, además del whisky, que la conversación. Sin embargo, al final de la noche le marqué a una amiga a quien había intentado besar una vez —o quizá más de una—, pero no se dejó. Nunca le guardé rencor por eso. Conversábamos de vez en cuando, me parecía despabilada; quería despedirme también de ella.

“Los velorios —le dije para empezar— son una fiesta sin anfitrión.” Ella conocía mi obsesión por los funerales, las conmemoraciones luctuosas y esos géneros de perfecta economía y rigor estilístico que son las notas suicidas y los epitafios. Bebí otro whisky, nos estábamos poniendo cómodos. Tuve entonces la mala idea de hacerle una pregunta cursi: “¿Venderías tu alma al diablo por conocer la posteridad?” Y la maldita perra lúcida respondió: “Nacho, la posteridad ha muerto.” Me quedé mudo, colgué el teléfono, casi me puse a llorar.

Ése fue, sin duda, mi golpe de gracia. Comprendí de pronto por qué había vivido de espaldas a mi época, vagando entre las casonas abandonadas de la colonia Roma y los jardines ruinosos del Conservatorio. Detestaba la velocidad y el automóvil, fui siempre un orgulloso peatón anacrónico. “Caminar —escribí alguna vez— no es sólo desplazarse: es una actitud, un manifiesto, un estilo, una moral.” También evité los reflectores, y no sólo por mi natural timidez y tendencia a la melancolía. Convertidos en un circo lastimoso de impostores, arribistas y mediocres (sin el consuelo de la posteridad, los escritores corrían desnudos detrás de los reconocimientos efímeros), los pasillos literarios me daban asco. Yo en cambio, que crecí mirando hacia otros jardines, había escrito con una autoexigencia tiránica, breves prosas de humor negro que permanecerían ocultas en el último desván del universo.

¿Qué sería de mí? Toda la obra de una vida tirada a la basura. Eso era peor que ser enterrado vivo. Volví a llamar a mi amiga y le dije: “Me convertiré en leyenda.” Y lo cumplí, que para eso me hice escritor. Pensé que no hay hecho más incomprensible, y más cercano a mi afición por el absurdo, que la caída. Como en aquel cuento de Virgilio Piñera, que le leí tantas veces a mi amiga, me convertiría en una hombre que nunca deja de caer. Después de todo, había estado al borde del precipicio en muchas ocasiones: una tarde cuando me desnuqué al resbalar en la tina de baño (que quedó hecha un asco); otra, cuando estuve a punto de desbarrancar un viejo Valiant que siempre manejé con distracción... Todo eso formaba parte de lo que mis amigos llamaban “mi personaje”.

Como Edgar Allan Poe o El Meteoro, aquel ajedrecista prodigio del siglo XIX también llamado Paul Charles Morphy, moriría joven. Y junto al chorro de sangre aún fresco de la escalera, correrían veloces los fantasmas de la duda (¿un accidente? ¿un arrebato? ¿un traspié de borracho?) Mi personaje aparecería más tarde en libros con historias de escritores suicidas y tal vez tendría mejor suerte que Virginia Woolf o Sylvia Plath, cuya obra nadie lee, pero cuya muerte todo mundo recuerda. No sólo eso: como tantas veces anticipé a mis amigos, al fin sería el anfitrión travieso de mi propio velorio, al que ellos asistirían sin dejar de decir, conociendo la náusea que me producen todas las frases hechas: "Pinche Nacho.”

LIH


14 mayo 2009

 
http://yoanularemivoto.blogspot.com


Los invitamos a leer este blog a favor de la anulación del voto, con argumentos sostenidos por numerosos intelectuales, investigadores, académicos, políticos y miembros de la sociedad civil del país. Si están de acuerdo con él, difúndanlo.

Ya se ha suscitado una discusión importante sobre si anular el voto o directamente no ir a votar. En cualquier caso, creo que lo central es darle contundencia al descontento generalizado, no convertirlo sólo en una cifra de abstencionismo o votos anulados. Propongo, en ese sentido, que en las boletas electorales, después de anular el voto, se escriba: ¡QUE SE VAYAN TODOS! En el caso de aquellos cuyo desencanto y escepticismo sobre la democracia mexicana sea mayor e incluya al IFE mismo o, para acabar pronto, a la política en general (y por eso no irán a votar, como es mi caso), la expresión del descontento será igualmente importante en forma de pegatinas, esténciles, mails, espectaculares, conversaciones en la peluquería, la verdulería, la fila del banco, ensayos, notas periodísticas, blogs, pósters, anti pancartas, cartulinas en el coche, reflexiones, aforismos, haikús antielectoreros. ¡QUE SE VAYAN TODOS! Ese se ha convertido hoy en un grito global (si no, echen un ojo aquí). En estos momentos a la rebelión pasiva sólo le quedará ser arrasada una vez más por la maquinaria del poder. Se trata de darle alguna fuerza a eso que hemos dado en llamar sociedad civil, una sociedad extraordinariamente diversa y compleja (y victimizada tantas veces por la corrupción, aunque también por su propia frustración, su apatía, su debilidad), pero hoy unificada por el hartazgo y la desconfianza hacia un sistema corroído por completo. ¡QUE SE VAYAN TODOS! Y si se van, no hay que dejarlos regresar, como sucedió en Argentina, donde todo cambió para seguir igual. ¿El caso Obama? O¡bah!ma. Pasa la voz.

06 mayo 2009

 

TALLER DE LITERATURA PORTÁTIL


"El siglo XXI será la apoteosis de los pesos ligeros en literatura."
Enrique Vila-Matas, Historia abreviada de la literatura portátil


Microficción, greguerías, aforismos, prosas apátridas, bitácoras, obras fragmentarias, novelas en tres líneas: el Taller de Literatura Portátil es una invitación a depurar de ripios nuestra escritura (y de paso concederle un espacio para el humor) a través del conocimiento y ejercicio de formas breves. A lo largo del taller se leerán a algunos maestros de la brevedad como Monterroso, Calvino, Arreola, Lichtenberg, Torri, Michaux, Cortázar, Chesterton, Féneon, Dufoo, Cocteau, Borges, y se discutirá sobre la transformación formal de la literatura a partir de la escritura fragmentaria de los weblogs. Un espacio para la imaginación, el juego, el desenfado y la máxima intensidad del pensamiento concentrada en pocas páginas. Inicia el 12 de mayo en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Martes de 18:00 a 20:00hrs. Informes al 51 30 33 00

02 mayo 2009

 

Al margen de la peste espectacular


SI NO DESEAMOS PARTICIPAR EN EL ESPECTÁCULO DEL FIN DEL MUNDO, TENDREMOS QUE TRABAJAR EN CONSEGUIR EL FIN DEL MUNDO DEL ESPECTÁCULO...

Internacional Situacionista

29 abril 2009

 

La Meatrix: la otra historia de la peste porcina




themeatrix.com


Lo sabemos desde hace años, por lo menos desde que en casa alguien enfermó gravemente del estómago y comenzó la visita itinerante (interminable) a las salas de espera de gastroenterólogos y médicos de todas las especialidades sin remedio alguno. Todo parecía conducir a nada; ningún cambio, el malestar crónico y la pérdida de peso. Lo veíamos muy mal al enfermo, tanto que incurrimos en el fuego, sí, una limpia de fuego que le hizo alguien que había sido iniciado. Pero el fuego no parecía curar nada (tal vez debido a nuestro escepticismo). Visitamos entonces a Ariel Guzik, un yerbero que es también un artista y un inventor de máquinas sonoras fundadas en la resonancia, el electromagnetismo y los intervalos armónicos naturales; máquinas como La Banda Nerviosa Autónoma (orquesta de 16 arañas robóticas con tambores, cascabeles y campanas que ejecutan improvisaciones rítmicas de percusión), La Olla de Grillos y Cigarras (un emulador de los órganos estriduladores de los grillos y cigarras, en coordinación con la luz del día y la oscuridad de la noche; se basa en la excitación eléctrica de membranas de cristal de cuarzo) o su Nave Narcisa, un instrumento submarino que busca comunicación con los habitantes del mar...



Miembro de La Banda Nerviosa Autónoma de Ariel Guzik

Ese es Ariel: un cruce entre físico, artista, chamán, músico, médico y alquimista... Algún día escribiremos más sobre él, sobre cómo empezó a curar seriamente con yerbas. Lo cierto es que en su estudio-consultorio, una especie de cueva de otros tiempos, rodeado de cola de caballo y estafiate y toronjil y botellas de cristal y embudos y mortero, Ariel le explicó al enfermo: el hígado y el páncreas no pueden seguir la dinámica de la alimentación industrial. Fuera lácteos, carnes procesadas, fuera embutidos y chatarras, fuera todo lo que se produce bestialmente en las fábricas de la MEATRIX bajo un régimen indiscriminado de antibióticos y engorda en masa, fuera frutos y verduras rociadas con plaguicidas. Y lo curó. Ariel le dio al enfermo hoja sen (también conocida como: La Purga) y luego siguió curando a otro entre nosotros que también había agotado a su pobre hígado, a su pobre intestino, a su pobre páncreas con todos los chuchulucos de la infacia (chilitos, burbujitas, papitas, chatarritas, frituritas, gaseosas) y medicamentos y pollos inyectados con hormonas en cantidades innombrables. Luego llevamos a nuestro hijo que desde entonces crece bajo ciertos principios arielescos (leche de soya o almendra en vez de leche de vaca, fuera antibióticos, salvo en casos excepcionales, fuera el tempra, los antiestamínicos, los mucolíticos, fuera el azúcar y las harinas refinadas, fuera la comida enlatada y, en su lugar, provisiones de pollo, frutas y verduras orgánicas cada vez que se puede). Hacemos lo posible por estar mejor, sin volvernos hacia ningún tipo de fundamentalismo ecologista (no dejan de inquietarnos las reflexiones de Slavoj Zizek sobre la ecología como "el nuevo opio de los pueblos"), pero conscientes de los estragos producidos por la lógica industrial, corporativa y salvaje (suicida) que, además de la economía, ha llevado nuestra alimentación y nuestra salud al desastre, sin más. Nuestro hijo se ha vuelto bastante sano y resistente (y a veces también come chocolate y helados y paletas, como nosotros, pues del mismo modo que no deseamos vivir en la enfermedad, tampoco renunciaremos al placer por una salud frígida), en su escuela es el único niño que no se encama cada quince días mientras el resto de sus amigos umpa lumpas de dos años caen y recaen vapuleados por el moco y la tos y la fiebre desde noviembre del año pasado (antes de la influenza porcina ya había en la ciudad de México una guerra bactereológica y un agravamiento de las enfermedades respiratorios de la que nadie habla hoy en los medios). Las madres de los umpa lumpas nos preguntan azoradas si el jugo de naranja es lo que ha fortalecido las defensas de Oliverio, o qué. En más de una ocasión hemos intentado explicarles el carácter nocivo de la leche de vaca (echen un ojo aquí o acá) y de los antibióticos, pero la fuerza de la costumbre y de la cultura hacen muy difícil ese tipo de renuncia. Lo entendemos: el queso es también nuestro deceso, ¡y la vida parece tan insípida sin él! El problema es que nuestro organismo no está hecho para procesar naturalmente los derivados lácteos después de tomar nuestra dosis natural de leche materna... En fin, nos desviamos, no queremos dar aquí recetas de cocina. De lo que se trata es de otra cosa: de nuestra absoluta indiferencia, de nuestra incapacidad dejar de participar de una vez por todas en la economía del desgaste biológico y sus efectos desastrosos no sólo para esa cosa abstracta y lejana llamada "nuestro planeta", sino para nuestra vida más cotidiana. La influenza porcina, la crisis de enfermedades respiratorias, no es una casualidad. Tiene que ver con el abuso en el empleo de antibióticos y hormonas dentro de las fábricas de chuleta y pollos descabezados; tiene que ver con nuestras inercias, con nuestros descuidos, con nuestra desinformación, con nuestra sumisión frente a la economía del control, con nuestro consumo cotidiano de los productos que salen de las mega granjas agrícolas (esas cosas parecidas a campos de concentración donde nunca metemos los ojos), con nuestra vida dominada por la técnica y ajena a la reflexión, la crítica, la sensatez y una conciencia distinta sobre el mundo, tiene que ver con nuestra poca disposición (nuestro desencanto) para buscar una transformación y dejar de usar el coche a todas horas y practicar nuevas formas de convivencia, distintas a los intereses de la Corp. Tiene que ver con nuestra vulnerabilidad frente a quienes toman realmente las decisiones globales...
Desde enero pasado--hablamos nuevamente de nuestro caso-- padecemos una rinitis crónica que no ha desaparecido ni con las yerbas de Ariel ni los antibióticos de tercera generación. Simplemente no se va. Y en los resultados de un exudado que nos realizamos en plena desesperación (después de cuatro meses de reacaídas con otitis, rinusinusitis, faringitis, moquitis y todas esas palabras que invadieron nuestro lenguaje familiar) aparece una bacteria que es simplemente inmune al 90% de los antibióticos. ¿Cómo? ¿Y entonces de qué sirvió que Duchesne descubriera hace más de un siglo la penicilina? De nada sirve frente a las alergias provocadas por las condiciones ambientales de sociedad industrial; de nada sirve si las bacterias se ríen de la penicilina cada vez que se la inyectan a un cerdo enfermo por hacinamiento. La única solución: el exilio universal o pasar a la acción, porque a nosotros cada vez nos parece menos interesante vivir bajo la máscara del cubrebocas, la enfermedad y el miedo.


En fin, la peste del terror apocalíptico y la inmovilidad nos parecen a la larga más peligrosas que las pestes virales. También la peste de la estupidez humana. Por eso dejamos aquí algunas animaciones y artículos serios sobre los orígenes del virus porcino y otras cosas. Para pensar ahora que tenemos tiempo de quedarnos en casa, dando vueltas en nuestra habitación, sin saber qué hacer con nosotros mismos. ¿Y si nos pusiéramos a leer un poco? ¿Y si meditaramos unos minutos sobre nuestro destino personal y, ya si alguien se atreve a ir más lejos, sobre nuestro destino como especie? También: vale la pena releer las teorías del shock de Naomi Klein. Más allá de las interpretaciones paranoicas y las ideas del complot que hoy circulan alrededor de la epidemia, es indispensable superar el temor y entender lo que está sucediendo, para evitar la manipulación masiva durante el estado de incertidumbre y miedo... Allá va todo eso, para acompañar nuestro diario de la peste.

MEATRIX
http://www.themeatrix.com/intl/spain/dub/

Gripe porcina: el mosntruoso poder de la industria ganadera
http://www.proceso.com.mx/opinion_articulo.php?articulo=68327


Rebelión en la granja
http://blogs.20minutos.es/cronicaverde

The Shock Doctrine / Naomi Klein
http://www.youtube.com/watch?v=_nNJM0kKrDQ

Crítica y acción ambiental
http://www.foeeurope.org/

16 abril 2009

 

EL MALESTAR DE LA VELOCIDAD

Me he enterado recientemente de que al vocabulario de nuestros malestares se ha agregado un nuevo término: time-sickness, la percepción obsesiva de que el tiempo se desvanece, las horas extra ya no bastan y es necesario pedalear cada vez más rápido para seguir (no se sabe hacia dónde, no se sabe por qué). Un nuevo mal para este milenio lleno de males nuevos, que podría llamarse también Síndrome del Conejo Blanco o Síndrome de Benjamin (en honor a Franklin, ese hombre infatigable y presuroso, que además de haber sido uno de los padres de Estados Unidos, inventó el pararrayos, negoció tratados con las confederaciones indias, formó una milicia para construir fuertes fronterizos, fundó la primera compañía de seguros, el primer cuerpo de bomberos y el primer periódico independiente y dibujó la primera caricatura política de su país, y después de todo eso aún le quedó tiempo, tal vez porque dormía menos de seis horas diarias y vivía bajo un horario estrictamente reglamentado, de configurar la ética del trabajo que dominaría al mundo por los siglos venideros, en libros como The Way to Wealth, donde apuntó: “¡Pero cuánto tiempo desperdiciamos en dormir!”) En fin, no es extraño que en Estados Unidos, la patria de la velocidad, el malestar del cronómetro se haya convertido en pandemia, según las estadísticas proporcionadas por el doctor Larry Dossey, quien acuñó el término time-sickness en 1982, después de haber padecido él mismo los efectos de nuestro orgulloso mundo de titanes. Ahora la pandemia se extiende no sólo en Occidente, sino en países orientales que habían vivido históricamente bajo la sabia filosofía de la holganza, como China. En la medida en que la sofisticación tecnológica y la economía global se han vuelto inescapables no hay fábrica u oficina en Taipei o Bangalore que no se haya contagiado finalmente de la angustia del tictac. Faxes, celulares, alarmas digitales, bippers, ringers, timers, esta es la imparable producción de artefactos que no dejan de invitarnos a orar: “¡Oh, Dios mío, voy a llegar tarde!”, esa nueva Liturgia de las Horas.

Hay un ascetismo de la velocidad que consiste en la renuncia radical al goce de la vida. Se trata del mismo ascetismo del trabajo externo (iba a escribir: extremo) que describió Marx: una labor penosa que enajena al hombre, mortifica su cuerpo y menoscaba su personalidad. Si bajo la estructura de la jornada de trabajo el tiempo ya no nos pertenece sino que le pertenecemos a él, cuánto peor si esa jornada se prolonga indefinidamente y nos sigue a todas partes con trabajo que se lleva a casa, notas que se toman durante el viaje, llamadas que no cesan a la hora de comer. El ascetismo de la velocidad es sacrificio del tiempo propio (el tiempo del sueño y la conversación, del amor y el cuerpo, de la contemplación y de todo lo que sirve al placer de la gente libre), por tiempo ganado (el tiempo de los negocios). Ahorrar tiempo es ganar tiempo, y si el tiempo es oro, el que lo ahorra y lo gana se enriquece. Y dado que nuestra época ha obedecido como nunca a la exhortación de hacer dinero, se considera legítimo y hasta admirable desaparecer la sobremesa y convertir el restaurante en extensión de la oficina. Eso me recuerda aquella frase de Johann Kasper Lavater, padre de la fisiognomía y eclesiástico de la iglesia reformada, según la cual ni siquiera en el cielo “podemos conocer la bienaventuranza sin tener una ocupación”. En otras palabras: el paraíso ya no es el ocio (esa forma de perder el tiempo, según Franklin); el paraíso es el trabajo mismo. En eso consistió, entre otras cosas, la gran reforma de la iglesia: en poner al cielo y al infierno de cabeza. Porque sólo el surgimiento de un nuevo mito, el mito de la salvación por el trabajo, podría revertir en el hombre su íntimo rechazo al yugo, su tendencia natural a holgazanear. De vivir en esta época, en que millones de hombres y mujeres ponen en peligro su vida y destrozan sus propios nervios por trabajar sin descanso y llenarse de ocupaciones en la playa, probablemente Lavater se sentiría en la gloria. Todos esos hombres y mujeres se han convertido, sin saberlo siquiera, en los mártires modernos de la ética protestante, para la cual el trabajo más que una necesidad, es un llamado, el sentido último de la existencia. ¿Quién entre estos ascetas entregados a la sagrada causa laboral se opondría hoy a una nueva reforma: la abolición del domingo? (En Francia los jubilados hacen marchas cada vez que se pretende reducir la edad para el retiro, porque una vez que el trabajo se convirtió en el sustituto de la vida, el retiro adquirió la forma de una muerte prematura.) Si, como escribió Weber, el espíritu del capitalismo encontró en la ética protestante su justificación esencialmente religiosa, con la velocidad descubrió algo más: una forma de éxtasis secular, una adicción (“el único vicio nuevo”, lo llamaría el escritor francés, amante de los desplazamientos y los viajes, Paul Morand).

En el camino de la autoinmolación, al time-sickness sigue el burnout: el cansancio de todos los cansancios, el último cansancio, después del cual sólo queda un gran vacío. Ningún afán ya, las manos ya no toman nada. Suena el teléfono, nadie responde. El burnout es la postración de un sistema nervioso exhausto, una resaca por sobredosis de eficiencia. Síndrome de Agotamiento Profesional. Sus efectos están más allá de la fatiga física, los dolores de cabeza, las úlceras, los insomnios, las irritabilidades. El burnout es el preludio de la muerte del alma, el alto precio que pagan los soldados del deber, fustigados por un reloj tiránico (cada vez más horas, cada vez más rápido, “casi bien no es suficiente”). El cuerpo cansado es un cuerpo que se rebela, un cuerpo que ha hecho el paro y defiende su derecho natural a reposar. A través del agotamiento, el tiempo biológico intenta imponerle un compás distinto al hombre del tiempo frenético; le dice: “Detente...” Pero el burnout es una alarma tocada a destiempo, cuando el corredor ya se ha desfondado, se ha deshumanizado hasta convertirse en un autómata, un extraño de sí mismo. Lo que sigue parece más bien un freno inútil, un freno después de la catástrofe. Ansiolíticos para ralentizar un cuerpo inerte. Y entonces los médicos aconsejan un “régimen de ocio” que devuelva la vida al paciente: conversar con los amigos, ir al cine, beber una copa de vino de vez en cuando, jugar con los hijos, ensayar una nueva gimnasia amorosa, apagar el celular. Como han dejado de ser hombres, los soldados de la eficiencia requieren que sean otros quienes les recuerden que lo son. Algo semejante advirtió Séneca sobre el hombre ocupado, un personaje anómalo en la cultura latina: “¡Pensar que existe gente que tiene que confiar en otro para saber si está sentada! Un hombre así no es un ocioso, hay que darle otro nombre: es un enfermo, más aún, es un muerto. Es ocioso aquel que tiene la sensación de su propio ocio. Y vivo a medias el que necesita un indicio para darse cuenta de los hábitos de su propio cuerpo. ¿Cómo puede éste ser dueño de tiempo alguno?”


18 marzo 2009

 

¡QUE SE VAYAN TODOS!




Protestas en Islandia



Naomi Klein

The Nation


Al mirar la muchedumbre en Islandia que golpeó cacerolas y sartenes hasta que su gobierno cayó, me acordé de una popular consigna en los círculos anticapitalistas en 2002: “Tú eres Enron. Nosotros somos Argentina.”

Su mensaje era sencillo. Ustedes –los políticos y ejecutivos en jefe apiñados en alguna cumbre comercial– son como los imprudentes y estafadores ejecutivos de Enron (claro, no conocíamos ni la mitad de la historia). Nosotros –la chusma de afuera– somos como el pueblo de Argentina, el cual, en medio de una crisis económica inquietantemente parecida a la nuestra, salió a las calles golpeando cacerolas y sartenes. Ellos gritaron, “que se vayan todos”, y expulsaron a cuatro presidentes, uno tras otro, en menos de tres semanas. Lo que hizo único al levantamiento argentino de 2001-2002 fue que no estaba dirigido a un partido político en particular o siquiera a la corrupción en abstracto. El blanco fue el modelo económico dominante; ésta fue la primera revuelta nacional contra el capitalismo contemporáneo desregularizado.

Se llevó un rato, pero desde Islandia a Lituania, desde Corea del Sur a Grecia, el resto del mundo finalmente tiene su momento “¡que se vayan todos!”.

Las estoicas matriarcas islandesas que golpean sus cacerolas incluso mientras sus hijos saquean el refrigerador en busca de proyectiles (huevos, claro, pero, ¿yogurt?) hacen eco de las tácticas que se hicieron famosas en Buenos Aires. Así como lo hace la rabia colectiva contra las elites que destrozaron un país que alguna vez fue próspero y pensaron que se podrían salir con la suya. Como dijo Gudrun Jonsdottir, oficinista islandés de 36 años: “Simplemente ya me harté. No confío en el gobierno, no confío en los bancos, no confío en los partidos políticos y no confío en el Fondo Monetario Internacional (FMI). Teníamos un buen país, y lo arruinaron”.

Otro eco: en Reykjavik, no van a convencer a los manifestantes con un simple cambio de cara en las alturas (aunque la nueva primera ministra sea una lesbiana). Quieren asistencia para la gente, no sólo para los bancos; una investigación penal de la debacle; y una profunda reforma electoral.

En Lituania, en estos días, se pueden escuchar demandas similares. Ahí, la economía se ha contraído más bruscamente que en ningún otro país de la Unión Europea, y el gobierno se tambalea. Durante semanas, el capital ha sido sacudido por las protestas, que incluyeron un verdadero disturbio con la gente lanzando adoquines, ocurrido el 13 de enero.

Como en Islandia, los habitantes de Lituania están horrorizados con la negativa de sus líderes de asumir alguna responsabilidad en su desastre. Cuando Bloomberg TV le preguntó al ministro de Finanzas de Lituania qué ocasionó la crisis, se encogió de hombros: “Nada especial”.

Pero los problemas de Lituania por supuesto que son especiales: las mismas políticas que permitieron que el Tigre Báltico creciera a una tasa de 12 por ciento en 2006 ahora provocan una violenta contracción a 10 por ciento proyectado para este año: el dinero, liberado de todas las barreras, sale tan rápido como entra, con una buena cantidad desviada a los bolsillos políticos. (No es coincidencia que muchos de los casos perdidos de hoy son los milagros de ayer: Irlanda, Estonia, Islandia y Lituania.)

Hay algo más argentinesco en el aire. En 2001, los dirigentes de Argentina respondieron a la crisis con un brutal paquete de austeridad prescrito por el FMI: 9 mil millones de dólares en recortes al gasto, mucho del cual golpeaba a la salud y la educación. Esto resultó ser un error fatal. Los sindicatos llevaron a cabo una huelga general, los maestros trasladaron sus clases a las calles y las protestas nunca se detuvieron.

Este mismo rechazo –que proviene de abajo y se dirige a los de arriba– a pagar por la crisis unifica muchas de las protestas de hoy. En Lituania, mucha de la rabia popular se enfoca en las medidas de austeridad gubernamentales –despidos masivos, servicios sociales reducidos y salarios del sector público recortados–, todo para tener derecho a un préstamo de emergencia del FMI (no, nada ha cambiado). En Grecia, los disturbios en diciembre ocurrieron después de que la policía le disparó a un joven de 15 años. Pero lo que ha hecho que continúen, con los granjeros asumiendo el liderazgo después de los estudiantes, es el enojo generalizado ante la respuesta gubernamental a la crisis: los bancos recibieron un rescate de 36 mil millones de dólares mientras que a los trabajadores les recortaron sus pensiones y los granjeros recibieron prácticamente nada. A pesar del inconveniente de tener a los tractores cerrando las carreteras, 78 por ciento de los griegos dice que las demandas de los granjeros son razonables. De modo similar, en Francia, la reciente huelga general –provocada, en parte, por los planes del presidente Sarkozy de reducir drásticamente el número de maestros– obtuvo el apoyo de 70 por ciento de la población.

Quizá el hilo más fuerte y resistente que conecta este contragolpe global es el rechazo de la lógica de las “políticas extraordinarias” –la frase fue acuñada por el político polaco Leszek Balcerowicz para describir cómo, en una crisis, los políticos pueden ignorar las reglas legislativas y aprobar a toda prisa “reformas” impopulares. Este truco ya no les funciona, como descubrió recientemente el gobierno de Corea del Sur. En diciembre, el partido gobernante intentó usar la crisis para aprobar a la fuerza un controvertido acuerdo de libre comercio con Estados Unidos. Llevaron la política a puertas cerradas a nuevos extremos: los legisladores se encerraron en la Cámara para poder votar en privado, e hicieron una barricada en la puerta con escritorios, sillas y sillones.

Los políticos de la oposición no lo aceptaron: con mazos y una sierra eléctrica, irrumpieron y tomaron durante 12 días el Parlamento. La votación se retrasó, lo cual permitió que hubiera más debate. Fue una victoria de un nuevo tipo de “política extraordinaria”.

En Canadá, la política no se presta para ser vista en YouTube, pero aun así ha estado asombrosamente llena de incidentes. En octubre, el Partido Conservador ganó las elecciones nacionales con una plataforma que no era ambiciosa. Seis semanas más tarde, nuestro primer ministro Tory encontró su ideólogo interno y presentó una iniciativa presupuestal que le quitaba a los trabajadores del sector público el derecho a huelga, cancelaba los fondos públicos destinados a los partidos y no contenía estímulos económicos. La respuesta de los partidos de la oposición fue formar una coalición histórica, que sólo se logró impedir que tomara el poder mediante una abrupta suspensión del Parlamento. Los Tories acaban de regresar con un presupuesto revisado: las políticas favoritas de la derecha desaparecieron y está lleno de estímulos económicos.

El patrón es evidente: los gobiernos que ante una crisis creada por la ideología del libre mercado respondan con una aceleración de esa misma agenda desacreditada, no sobrevivirán para contarlo. Como los estudiantes italianos, gritan en las calles: “¡No pagaremos su crisis!”

Copyright 2009 Naomi Klein. www.naomiklein.org.

El texto fue publicado en The Nation.

Traducción: Tania Molina Ramírez.


04 marzo 2009

 

Defensa del vividor como artista


Hace tiempo renuncié a escribir reseñas de autores o temas que no me interesaban. ¿Para qué perder el tiempo con lo que nos indigesta? La avidez de novedad, la ansiedad por calcular el valor de lo que sabemos de antemano transitorio o superfluo, es un mal que hace del crítico un ser miserable. Prefiero, en cambio, sostener conversaciones frecuentes con aquellas obras que me inquietan o perturban (no sólo como escritora, sino como simple ser humano desdichado y perplejo), ir en busca de afinidades, discrepancias, repercusiones. Así me ha sucedido con los ensayos que Guillermo Fadanelli ha ido publicando aquí y allá en suplementos, revistas y libros; ensayos lúcidos, mundanos, con frecuencia habitados por el “huésped inquietante” del nihilismo, ensayos que ganan profundidad con el paso del tiempo —del mismo modo que lo ha hecho su narrativa—, sin perder por eso el talante irónico ni el sentido original de sus obsesiones (la intuición de la nada, el monstruo de las relaciones humanas, la orfandad del escritor, la no-existencia como forma de libertad, la crítica del concepto hegemónico de cultura…) Y es así como he leído estos ensayos, con un interés creciente, desde que abandoné la universidad y me dediqué a la vagancia, hace por lo menos diez años.

En aquella época, había decidido tomar un desvío drástico en mi vida, pero tenía cierta dificultad para encontrar algo a qué asirme. Entre un libro y otro, di finalmente con mi estrella polar: un hatajo de vividores, ociosos y réprobos que iban de Diógenes a Guy Débord, pasando por Villon, Montaigne, Baudelaire, Stevenson, Walser, Gombrowicz, escritores nómadas que habían decidido andar sin rumbo fijo, callejeando lejos de casa en busca de un pensamiento propio. Aquel pelotón de vagabundos, que a veces se quedaba sin comer o dormía en buhardillas inmundas y parques públicos, había emprendido un camino celosamente autónomo para esculpir su existencia. No intentaban agradar a nadie, habían renunciado a la fama y las convenciones sociales, eran la encarnación de la singularidad o el descontento. Si algo deseaban, era tan sólo ir en contra de la ley general del conformismo y vivir según sus principios, a espaldas de un mundo cada vez más indigente, un mundo vaciado progresivamente de sentido.

A esa estirpe del andar febril pertenece, sin duda, Fadanelli: “De no ser un vago no habría tenido tiempo suficiente para desperdiciar mi vida buscando quién sabe qué cosas en las páginas de una novela”, escribió en Plegarias de un inquilino (2005), una declaración de principios —sacrificarlo todo por la causa perdida de la literatura— en vías de extinción, si aceptamos que hoy la figura dominante del escritor ha dejado de ser la del tránsfuga, el paria o el rebelde, para adoptar la del profesional de las letras (ese buen hombre que siempre está ocupado), el artista finalmente hecho prisionero por los engranajes sociales. Escapar a esos engranajes para adoptar una vida genuina, distinta a la vida de segunda mano que nos ofrecen la tecnología o el mercado, es una de las discusiones que se abren camino en el libro de ensayos más reciente de Fadanelli, Elogio de la vagancia (Lumen, México, 2008).

Si la conversación es la forma en que el vago piensa con los otros en voz alta, el ensayo sería la encarnación literaria de la cháchara, una vagancia por escrito. Así son estos ensayos, breves, informales, inconclusos y sin certidumbres, abandonados como el vago mismo a la corriente imprevisible de las cosas. Nada más atractivo que ver cómo se despliega una idea, cómo se forma a sí misma, cómo tuerce y cambia de rumbo sin llegar a fondo, para cederle el lugar al propio lector, ese individuo que también piensa. Después de todo Elogio de la vagancia es eso, una defensa del pensamiento autónomo, la intuición de que en literatura no hay caminos de un solo sentido, que nada en ella se completa sin que participe el mundo singular del lector, y por eso sigue siendo, a pesar de su desprestigio, una de las mejores vías para afilar el conocimiento de uno mismo.

En el universo moral de Fadanelli, la vagancia sería lo contrario al método, el sistema, la rutina académica; y el vago, el antagonista del tecnócrata, el erudito, el guía o el ideólogo, es decir, de cualquiera que ostente una verdad única o subordine el placer del conocimiento a la eficacia o el éxito. Una reflexión se pasea por todo el libro: sólo a través de la vagancia y su andar errático, sin otra finalidad que no sea la del extravío mismo, es posible alcanzar un tipo de saber del que no es capaz ni la ciencia formal ni las doctrinas filosóficas (que profesan la filosofía pero han renunciado a vivirla). Se trata de un saber insustituible y excepcional, una forma de indagación en los misterios de la existencia ya no en teoría, sino en la práctica. La vagancia sería entonces el arte de la experiencia individual (crearse un mundo) y, también, una forma peculiar de pensamiento contraria a los procedimientos del pensar filosófico o científico, algo que Fadanelli llama, en uno de los ensayos emblemáticos del libro, el pensar vagabundo: la posibilidad de que cada hombre obtenga “sus propias conclusiones en vez de seguir a ciegas las ideas de otros”. A diferencia de los burócratas de la razón, el vago aprende a vivir, a pensar y a actuar cada vez que choca con los fragmentos desordenados de la realidad: cuando se encuentra con la muerte, la ebriedad, el placer o el deseo, cuando conversa con los otros, cuando está hambriento.

Si la trayectoria del vago nació como protesta romántica contra las presiones anónimas de la sociedad y sus valores seculares (trabajo, familia, patria), en estos días, su actitud (su desesperación) habla también de las pérdidas a las que se enfrenta un mundo dominado por los dioses del pragmatismo económico. Entre todas ellas, la mayor, lo sabemos desde Nietzsche, es la pérdida del ser individual. Elogio de la vagancia es entonces un apasionado alegato contra la estandarización que impone la realidad contemporánea bajo cualquiera de sus máscaras (incluidas las democracias liberales); un elogio de los espíritus libres que sobreviven al reino de lo homogéneo; una defensa de la novela como fin en sí mismo, ajeno a su valor en el mercado. Se trata de una prolongación, digresiva y libre, de otro ensayo, En busca de un lugar habitable (2006), escrito desde la agonía del humanismo a la manera de una lúcida (y también, por qué no, conmovedora) despedida. Fadanelli fue entonces extraordinariamente agudo al escribir: “Cada tribu tiene derecho a enterrar a sus propios muertos”, es decir, a explicarse esa muerte con sus propias palabras, un ritual que continúa ahora ante los funerales de la singularidad.

No es común encontrarse con vagabundos en las calles de la literatura mexicana; lo que sobra más bien son los prohombres, los ex alcohólicos, las celebridades y los funcionarios. Fadanelli continúa siendo una excepción, un habitante incómodo, alguien que ha corrido el riesgo de comprometer literatura y vida sin pérdida. No en vano es también uno de los pocos autores que desde este país ruinoso se ha aventurado seriamente a la comprensión crítica de nuestro tiempo, lejos del boato teórico de la hora, siguiendo más bien los pasos erráticos del vividor.


03 marzo 2009

 

Imaginación radical y acción directa (ideas para el 2009)


Seven Resolutions for 2009
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Geert Lovink

1. Radical makeover of Indymedia into an irresistible network of networks, aimed to link local initiatives, worldwide, that aim to bring down corporate capitalism. In order to do this Indymedia needs to go beyond the (alternative) news paradigm. This is the time to do it. If not now, when? The debate should be about the possible adaptation, or perhaps transcendence (think negative dialectics) of the social networking approach. Is it enough if we all start to twitter? Perhaps not. A lot of the online conversations at the moment circle around these topics. There is a real momentum building up here, and that's exciting.

2. Renaissance of theory, radical texts that appeal to young people and help them to dream again, aimed to develop critical concepts, cool memes and audio-visual whispers that can feed the collective imagination with new, powerful ideas that are capable to move people into action. Theory, in this context, means speculative philosophies, not academic writing or hermetic bible texts, aimed to exclude outsiders and those with the wrong belief system. Overcoming political correctness in the way that beats populism would be the way to go.

3. Dismantling the academic exclusion machine. With this I mean the hilarious peer review dramas that we see around us everywhere, aimed to reproduce the old boys networks, excluding different voices, discourses and networked research practices. We need to have the civil courage to say no to these suppressive and utterly wrong bureaucratic procedures that, in the end, result in the elimination of quality, creativity and criticism (and, ironically, of innovation, too). In the same way we need to unleash a social movement of those who dare to say no to all these silly copyright contracts that we're forced to sign. We should stop signing away our 'intellectual property' and begin to radicalize and help democratize and popularize the creative commons and floss movements.

4. Overcoming media genres and expertise prisons in order to productively connect our knowledge and experience. With this I do not mean diplomatic gestures to open up token channels for interdisciplinary dialogue. Any formal attempt to bring together people from different backgrounds is bound to fail. What might be a solution is to go for hybrid-pervert situations in order to investigate the absurd edges of the knowledge universe. Again, any model that somehow wants to move towards a synthesis (or convergence) is doomed to be irrelevant and will only be instrumentalized in institutional restructurings in which the creative-subversive elements are the ones that will be excluded.

5. Squatting the overlooked ruins of the 2009 crisis. There is an enormous economic infrastructure that is being abandoned at the moment, ripe to be socialized. The problem, however, is that we do not really 'see' it, in the same way as in the 1970s and 80s many did not see the subversive potential of squatting warehouses, factories and old housing stock. Luckily this is merely a matter of start wearing the right pair of glasses. Put them on and you discover an abundance of abandoned resources, ready to be re-used.

6. Global crackdown of the corporate consultancy class. We have to get a better understanding of the dubious role that the Ernst & Young/PricewaterhouseCooper etc. consultants are playing, from downsizing firms, coaching NGOs and global civil society professionals, privatizing public infrastructure, to running entire education sectors. Not only are they experts in cooking the books (see the dotcom crash). Their role as (invisible) advisers, speech writers and PR managers needs some serious investigative journalism a la Naomi Klein.

7. Opening channels for collective imagination. It's not enough to say that another world is possible (we know that). Radical reform plans are available-and are being implemented as we speak-by the bankrupt neo-liberal elites, in a desperate attempt to somehow make it to 2010 or 2011, when the recession will be over and old policies can be continued again. It's not enough to be satisfied with the promise of a green GM car, made in the USA. We can think, and build, so much more. For this to happen, the corporate elites need to be dispossessed of their power. Calling for 'change' comes with consequences: dethronement. Sorry, you fu*ked up badly. It's time to step down and move on. Exit.

En: http://info.interactivist.net/node/11909

16 febrero 2009

 

PARTIDO PIRATA



La cultura actual es una cultura estrangulada, amenazada de muerte. Cualquiera que por curiosidad se asome a la página legal de Hombre lento de J.M. Coetzee, publicado por Random House, encontrará esta advertencia: “Queda estrictamente prohibida la distribución de ejemplares de la obra mediante alquiler o préstamo público.” ¿Qué significa esto? El despojo de la biblioteca pública. Es decir, la conversión de la cultura en un lugar cerrado, siempre lucrativo, privatizado. En su libro Free Culture, Lawrence Lessig, creador de las licencias Creative Commons, una forma de descarga, copia y distribución de archivos a través de internet que no requiere pago ni permiso, ha descrito la degeneración de los derechos de propiedad (desde el copyright hasta las patentes) como una forma de concentración de poder que amenaza la tradición cultural. El copyright, que había nacido para encontrar un equilibrio entre los intereses del autor, el editor y el lector, se ha transformado en las últimas décadas en una política de acaparamiento que afecta tanto a los ciudadanos como a los libros, porque inhibe la circulación de las obras, quitándole a la cultura la sangre que la hace vivir. Algo más grave: la legislación de la propiedad intelectual nos pone ahora a todos bajo sospecha. De acuerdo a ella, en poco tiempo el maestro que le preste Hombre lento a sus alumnos, se volverá pirata. Lo mismo que el padre de familia que copie un disco para regalar. O la secretaria que use por esnobismo la palabra loft, hoy patentada. Finalmente llegará el día en que tendremos que pagar por hablar. A cada palabra tendremos que pedir permiso o pagar regalías o ir a la cárcel. El lenguaje se privatizará, como ha sucedido ya con gran parte de la cultura popular. ¿Y qué pasará con el arte? Tendrá que ser ori-gi-nal o desaparecerá. La era de la cita, el préstamo, la parodia, el collage, llegará ¡al fin! a su término. Los paladines del buen gusto podrán entonces descansar. No es una exageración: hoy el collage se encuentra penado por la ley de derechos de autor (si usted pensaba comenzar a recortar, asesórese antes...) Es una lástima que Tristan Tzara y Marcel Duchamp no hayan vivido en esta era pirata; junto con sus secuaces harían fiestas tumultuarias en prisión, gritando antipoemas, con parches y patas de palo.

El panorama, sin embargo, no parece tan malo; después de todo, los excesos de la propiedad intelectual nos obligarán a estar permanentemente fuera de la ley. Seremos todos piratas.

Tal vez por eso, por sus posibilidades de expansión, ha nacido el partido que defiende los derechos de los usuarios de internet, los lectores, los que escuchan música, van al teatro o gustan del cine, los fotógrafos, los maestros universitarios, los escritores, los inventores, los programadores de software. Es el Partido Pirata. Nació en Suecia hace un par de años y ya tiene filiales en España, Estados Unidos, Chile, Italia, Austria, Alemania, Holanda, Polonia, Brasil, Sudáfrica… Siguiendo la tradición de la que proviene —el enclave pirata de tipo multirracial— éste es un partido de afiliación internacional, algo así como la Cofradía de los Hermanos de la Costa vuelta institución. Sus principios se fundan en la concepción de la cultura como un bien común al que todos los ciudadanos tienen derecho. Como ha sucedido desde la década de los ochenta con los activistas del copyleft y el Creative Commons, el Partido Pirata defiende “el libre intercambio y la participación colectiva en el disfrute de los bienes culturales”. Por eso denuncia los abusos del copyright, cuyos estatutos internacionales se modificaron poco antes de que Mickey Mouse se volviera dominio público para que el ratón siguiera alimentando las arcas de Disney por otras cuantas décadas. Del mismo modo “millones de canciones clásicas, películas y libros son mantenidos secuestrados en las bóvedas de enormes corporaciones mediáticas, sin ser republicados por sus grupos centrales, pero tampoco liberadas, por considerarlos potencialmente provechosos. Nosotros pensamos que no hay razón alguna para que alguien necesite ser remunerado hasta cien años después de su propia muerte... Queremos liberar nuestra herencia cultural antes de que el tiempo marchite al celuloide de los carretes de las películas antiguas”. La idea de que la cultura puede ser propiedad —propiedad intelectual— se usa para justificar todo, desde intentos por hacer que las girl scouts paguen impuestos por cantar canciones alrededor de la fogata o por patentar las posturas de yoga o la imagen de la virgen de Guadalupe (que se encuentra ya en manos de los chinos). Todas las exigencias de los nuevos piratas apuntan hacia la misma dirección: el reconocimiento del valor inmaterial de la imaginación y el conocimiento, un valor que no puede cotizarse ni legislarse del mismo modo que un automóvil, pues se trata de un bien intangible, muchas veces común, no exclusivo, cuya supervivencia depende del intercambio y la reinvención. ¿Qué es la cultura si no una forma de tráfico permanente, de pequeños hurtos, de ideas tomadas aquí y allá, de regalos y piraterías?



 

Contra el lunes

Hoy que es lunes y que nos ha costado como nunca volver al DF, la única ciudad del mundo (además de Calcuta) donde las avenidas cambian de sentido imprevisiblemente, queremos recomendar el guijarro bloggero de nuestro padre (Tedium Vitae), rescatando aquí uno de sus posts (como verán, la tirria laboral nos viene de familia):


Diatribas contra el lunes

Yitzhak Benshushan


Los anarquistas deberían comenzar por asesinar al lunes.

La sociedad industrial es como una eterna mañana de lunes.

Dios creó el Universo en un día lunes y seguramente será en lunes cuando lo destruya.

El workalcoholic es el vicioso que considera que todos los días de la semana deberían ser lunes.

La mejor manera de arruinar el domingo es pensar en lo que haremos mañana lunes.

No tolero los lunes, ni siquiera cuando estoy de vacaciones.

Los martes son como los lunes: es el mismo veneno pero más dosificado.

Círculo vicioso: nos pasamos la semana laboral anhelando la llegada del fin de semana sólo para, cuando éste finalmente llega, angustiarnos por la inminencia de la semana laboral que sigue.

Indudablemente era lunes cuando Dios expulsó a Adán y Eva del Paraíso.

Los lunes son los martes 13 de la semana.

Queriendo efectuar un downsizing con la semana, los tecnócratas neoliberales eliminaron el sábado y el domingo por inútiles, y llamaron "lunes" a los días que quedaron.

Sobrevivir al lunes: he ahí el Acto Heroico del hombre contemporáneo.

Los lunes son días tan desolados que hasta los bares están vacíos.

El hombre es el animal que tiene que soportar los lunes.

No fue por casualidad que escribí estos pensamientos en lunes.



12 febrero 2009

 

Ociosos y desaforados en Puebla


El LABORATORIO DE ESTRATEGIAS CREATIVAS y TUMBONA EDICIONES estarán en Puebla // 13, 14 y 15 de febrero // Profética Casa de Lectura 3 sur 701, centro


14 enero 2009

 

DERRUMBE





El mundo se desploma, pero los lectores siguen hurgando.


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