09 enero 2009

 

Contemplación de la roca

Hemos regresado lentamente a la realidad de este nuevo (y ya turbulento) año impar, después de dos semanas lejos de todo, ajenos a la ansiedad desbocada del mundo, ajenos a la intermitencia del ciberespacio y también al tráfago, los rictus cansados, las miradas enloquecidas de los enloquecidos ciudadanos, las polvaredas de una ciudad vuelta pura ruina y campo de batalla. Estábamos lejos de todo, mirando cada mañana, al salir de nuestra habitación, “la nerviosa caligrafía de la naturaleza”, como llamaba Henry Moore a los contornos dentados de cerros y montañas. Estábamos en un lugar ignoto cuyas coordenadas no revelaremos para preservar su, digámoslo así, virginidad. Nada ni nadie, sólo los elementos mínimos de la invención humana que nos hacen la vida menos agreste: luz, agua, una casa apacible y cómoda (y sus pequeños recovecos para el aislamiento), un estanque, un asador… Y enfrente, mirándonos impasible, una enorme piedra-montaña extrañamente amasada, con sus hendiduras y jorobas, sus figuras pétreas iluminadas cada tarde por un rojo espectral. Aquella montaña rocallosa, ¿de qué era? Adoptaba todas las apariencias, hacía todos los gestos. Encuentro en Bachelard (La tierra y los sueños de voluntad) algunas imágenes fundamentales de la roca, ese ser que se encuentra “en la prehistoria de nuestra imaginación”; las rocas “primogénitas de las hijas de la naturaleza: las rocas primordiales” (Novalis), “Nada cambia de forma como las nubes, de no ser las rocas…” (Victor Hugo), “Es fácilmente comprensible que los hombres adoren a las piedras. No es la piedra. Es el misterio de la tierra poderosa y prehumana, que demuestra su fuerza” (D.H. Lawrence). Levantar la mirada y encontrar frente a nosotros aquella escultura fósil rodeada de buitres circulares, coleópteros, abejorros y arañas temibles (además de ventoleras furiosas que seguían esculpiendo su antigua belleza), era suficiente para cambiar de perspectiva y recobrar lo que la vida rutinaria y perversa de la ciudad ha relegado para siempre, convirtiéndonos en autómatas: el sabernos parte de algo distinto a un mundo dominado por la técnica, el sabernos parte del mundo a secas. Es raro recobrar ese tipo de instantes metafísicos (la sensación de infinito, las interrogaciones de la infancia, la pequeñez humana frente al universo, cierto temor respetuoso, el regreso de la palabra grandeza); es raro y a veces imposible, a menos que uno se detenga durante largo rato a contemplar la prisa tumultuaria (insensata) de la gente en el metro. Me pregunto si parte de la miopía que padece la filosofía contemporánea no provendrá precisamente de la ausencia de visiones amplias, despejadas, al aire libre, lejos de las minucias inútiles de la academia. Visiones que superen las cuatro paredes del cubículo. A los filósofos les vendría bien salir de vez en cuando a respirar y beber paisajes.


Comments:
beber los paisajes, respirarlos, leerlos, escucharlos... todo eso nos hace falta, sin duda.

Un saludo.
 
Yeah!

un instante de silencio akompañados por los elementos ke nos rodean, sin estar atrapados en la interminable actividad de la vida cotidiana ^^

saludos
 
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